miércoles, 21 de diciembre de 2011

Un experimento de 1958 pudo haber explicado el origen de la vida

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En la entrada de hoy queremos hablar de algo sucedido hace muchos años, y no por ello poco importante, nos remontamos a 1953, cuando joven investigador, Stanley Miller, se hizo mundialmente famoso por sus estudios sobre el origen de la vida, al reproducir en laboratorio las condiciones que supuestamente se produjeron en la Tierra primigenia, en el llamado experimento de Miller y Urey (Abajo tenéis un pequeño esquema de este). Así pues, diseñaron un tubo que contenía estos gases, similares a los existentes en la atmósfera temprana de la Tierra, y un balón de agua que imitaba al océano temprano. Unos electrodos producían descargas de corriente eléctrica dentro de la cámara llena de gas, simulando los rayos. Dejaron que el experimento prosiguiera durante una semana entera, y luego analizaron los contenidos del líquido presente en el balón. Encontraron que se habían formado varios aminoácidos orgánicos espontáneamente a partir de estos materiales inorgánicos simples.

Cinco años después, el científico creó de nuevo esa «sopa primordial» en un segundo experimento similar, pero las muestras fueron olvidadas y, por lo que se sabe, Miller, que falleció en 2007, nunca volvió a trabajar con ellas.

Recientemente científicos de la Institución de Oceanografía Scripps en Estados Unidos han recuperado ese tesoro científico con resultados que pueden suponer un importante paso en el esclarecimiento de una de las preguntas fundamentales. Tras analizar las muestras, el equipo ha llegado a la conclusión de que los relámpagos, la actividad volcánica y los gases asociados a estos fenómenos podrían haber reaccionado entre sí para producir los primeros elementos creadores de vida. El hallazgo aparece publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

Todo comenzó cuando Jeffrey Bada, un ex alumno de Miller, encontró las muestras entre el material de laboratorio del profesor de química. Bada y sus colegas, dirigidos por Eric T. Parker, analizaron de nuevo las muestras archivadas del experimento, que nunca antes se habían dado a conocer. Simulaban las condiciones primitivas de la Tierra al exponer una mezcla de sulfuro de hidrógeno, agua, metano, dióxido de carbono y gas amoniaco a descargas eléctricas similares a los relámpagos.

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Las técnicas modernas de análisis químico, que son hasta 1.000 veces más sensibles que los métodos de investigación de los 50, detectaron los aminoácidos que contenían sulfuro, con proteínas y sin ellas y otros componentes en los residuos de la prueba original de Miller. Sólo se detectó una contaminación mínima. Los nuevos hallazgos apoyan la idea de que los volcanes, una fuente importante de sulfuro de hidrógeno en la actualidad, y los rayos convirtieron los gases simples en una gran cantidad de aminoácidos, que a su vez fueron indispensables para la creación de proteínas simples.

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Los autores también creen que los aminoácidos producidos en el experimento de Miller con el sulfuro de hidrógeno son similares a los encontrados en los meteoritos. Para corroborar su tesis estudiaron dos meteoritos con base de carbono, cada uno con concentraciones de aminoácidos similares a las sintetizadas por Miller. Según los investigadores, estos descubrimientos sugieren que el sulfuro de hidrógeno, en particular, jugó un importante papel en las reacciones químicas que fueron las precursoras del origen de la vida sobre la Tierra y posiblemente en cualquier otro lugar en los inicios del sistema solar.

La hipótesis respalda, en buena parte, la polémica teoría de la Panspermia, que dice que los asteroides pudieron esparcir la vida por el Universo, lo que abre la puerta a la existencia de la misma en otros planetas.

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